
¿Por qué me cuesta tanto conversar con Aquel a quien más necesito?
Este fin de semana estuve en una reunión de mujeres con la escritora Wendy Bello. Su tema fue la oración, y me quedé pensando en cuánto sabemos de su importancia y cuánto nos cuesta practicarla con perseverancia.
Mi hermano contó una vez que ponía sus zapatos bien debajo de la cama. Así, cuando se levantaba y tenía que arrodillarse para encontrarlos, aprovechaba para comenzar a orar. Al principio me pareció un truco sencillo, pero después comprendí que esos pequeños hábitos también pueden ayudarnos. Hay días en que necesitamos una disciplina que nos acerque a aquello que nuestro corazón, cansado o distraído, posterga.
Yo quisiera cultivar ese momento a solas con Dios y aprender a continuar la conversación durante el día. Hablarle mientras camino, mientras hago mis tareas, cuando aparece un pensamiento que me inquieta o tengo que tomar una decisión. Encomendarle mis necesidades, mis proyectos y también esas cosas que me cuesta reconocer de mí misma.
Pensaba en cuánto haríamos por conseguir una cita con alguien que pudiera ayudarnos. Si buscáramos trabajo y conociéramos a una persona con contactos en recursos humanos, seguramente intentaríamos acercarnos. Si necesitáramos orientación económica o una consulta con un gran especialista, buscaríamos la manera de que nos escucharan.
Y tenemos la posibilidad de acercarnos al Creador.
Al que nos formó en el vientre de nuestra madre (Salmo 139:13). Al que conoce nuestra historia, nuestras necesidades y lo que ni siquiera sabemos expresar. Nuestro Padre puede escucharnos y tiene sabiduría para responder, aunque muchas veces su respuesta sea distinta de la que habíamos imaginado.
Entonces vuelvo a preguntarme: ¿por qué no lo busco más?
Desde que quedé viuda, muchas veces he mirado a mi alrededor tratando de encontrar un horizonte. ¿Cómo voy a salir adelante? ¿Qué hago con esta desorientación? Hay días en que busco respuestas por mi cuenta y termino encerrándome otra vez en todo lo que me acontece.
Pero después de haber atravesado un proceso de depresión profunda, puedo mirar hacia atrás y decir lo que tantas veces he dicho: Dios estuvo ahí.
El domingo, en nuestra iglesia, el predicador habló de ese valle profundo de sombras, de dolor y de muerte (Salmo 23). Y algo me quedó grabado: en el valle estuvo el Buen Pastor, pero también estuvieron las otras ovejas a nuestro lado.
Eso pude reconocer en mi propia vida. Hubo personas que caminaron conmigo cuando yo apenas podía avanzar. Me escucharon, me acompañaron y me sostuvieron. A través de ellas también recibí el cuidado de Dios.
Todavía tengo preguntas. La ausencia sigue doliendo. Y, aun así, puedo ver que en medio de lo vivido ha crecido en mí una sensibilidad distinta para comprender el sufrimiento de otros. Hay cosas que hoy puedo escuchar y acompañar desde un lugar que antes no conocía.
Pero también reconozco que a veces me quedo encerrada en mi dolor. Lo repaso, lo pienso, trato de resolverlo, y me cuesta llevarlo a esa conversación sincera con mi Padre.
Decirle:
«Señor, esto fue lo que me pasó. Esto todavía me duele. Aquí tengo miedo. Aquí me siento rechazada. Aquí no sé cómo seguir. Y esto, aunque quiero entregártelo, todavía me cuesta soltarlo».
Cuántas cosas guardamos por tanto tiempo que terminan pesando sobre toda nuestra vida. Necesitamos abrir el corazón y dejar que Dios obre también en esos lugares que hemos mantenido cerrados.
Wendy utilizó una imagen que me dio mucho consuelo: habló del Espíritu Santo como un traductor por excelencia. Pensé en la enseñanza de Romanos 8:26-27: aun cuando no sabemos cómo orar, el Espíritu intercede por nosotros conforme a la voluntad de Dios.
Qué descanso saber que puedo acercarme con mis propias palabras. Con frases incompletas, con silencios o con lágrimas. El Padre comprende aquello que yo apenas consigo expresar.
Hoy, al leer Efesios 6:18, volví a encontrar esa invitación a orar en todo tiempo, en el Espíritu, con perseverancia y por todos los santos.
Me detuve especialmente en la perseverancia. He orado y he recibido paz. He encontrado consuelo. Pero soy propensa a olvidar, a distraerme y a encerrarme nuevamente en mis preocupaciones. Necesito cultivar ese encuentro, incluso los días en que me cuesta comenzar.
También necesito mirar más allá de mí. Orar por quienes están atravesando la misma angustia, por quienes han perdido a alguien, por quienes necesitan trabajo, compañía o fuerzas para levantarse. Recordar a las otras ovejas, así como otras me recordaron a mí.
Y junto con este versículo pensé en Mateo 6:6, en ese Padre que ve en lo secreto. Él conoce lo que sucede cuando cierro la puerta y me acerco tal como estoy. No tengo que encontrar una manera especial de impresionarlo. Puedo hablarle con verdad.
A veces llamo a mi hijo y le digo: «Necesito una conversación seria, profunda». Necesito escuchar y ser escuchada; poder decir lo que llevo dentro.
Hoy siento esa misma necesidad de buscar a mi Padre.
Separar un momento y decirle: «Necesito conversar contigo».
Padre, aquí estoy. Tú conoces mi historia y todos mis secretos, pero quiero abrirte mi corazón. Quiero contarte lo que me duele, lo que temo y lo que todavía espero. Ayúdame a escucharte, a confiar en ti y a perseverar en la oración. Y mientras camino por este tiempo que todavía no comprendo del todo, enséñame a reconocer tu presencia y a acompañar también a otros. Amén.

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